- Te noto distinto, dijo Marcela.
Agustín no estaba muy seguro si eso era bueno o malo, pero frente a ella nada podía ser del todo de ninguna forma.
El primer trago de cerveza solamente sirvió para deshacer el nudo que tenía en la garganta, esa traba que no lo dejaba relajarse hacía 3 meses ya, como una carga, un piedra atada al cuello. Se habían separado hace ya más de un año pero ninguno de los dos quería admitir el hecho de no haberlo superado del todo, aunque cada uno de sus encuentros fuera una copia del anterior e indefectiblemente llegaban al punto de los reproches, las risas y el llanto. Todo después de emborracharse un poco.
Una sola vez habían conseguido, sin saber muy bien ni cómo ni cuando, romper esa monotonía. Una mano sobre la otra, escondiéndose debajo de la mesa, en un segundo que a ellos les pareció una eternidad.
- ¿Para qué me llamaste?, preguntó Agustín, sabiendo que la hora de las risas había pasado, o más bien nunca había llegado, y el llanto estaba ahí, inminente, listo para salir a la cancha como un juvenil que debuta en Primera, ansioso de convertir el gol del campeonato.
Pero esa vez algo se había roto, el eje de su Universo parecía haberse corrido y ni él ni Marcela sabían cómo actuar frente a la mirada del otro, sintiéndose perdidos en una mesa demasiado chica, aunque la ocuparan ellos solos.
Por un segundo el Mundo entero se detuvo, como esas películas romanticonas donde los protagonistas se encuentran en algún punto atestado de gente, autos, luces, quilombo y ruidos, pero se los ve a ellos solos, cansados en el alma de tanto andar.
Pero no fue suficiente.
Nunca lo había sido, no lo era entonces, y jamás lo sería.
Agustín la miró fijo, sin ser correspondido, en una clara venganza femenina que le recordaba no sabía muy bien porqué, a los choferes de colectivo que no abren la puerta en esas madrugadas de invierno, con un frío que cala profundo en los huesos, a diez metros de la parada, sólo para hacerte saber que son ellos los que tienen el poder.
-Me tengo que ir, balbuceó Agustín haciéndole la seña al mozo de "la cuenta por favor, antes que esta pelotuda se largue a llorar y yo ya no tenga vuelta atrás". Pero ya era tarde. La catarata surgió, imparable y sin preámbulos, consiguiendo no sólo la atención de Agustín, sino de todo el resto de los que estaban en el bar, incluído un gato que todos conocían, que había sido adoptado por la dueña después que su único hijo abandonara el hogar.
Pero tampoco fue suficiente.
Nunca lo había sido, no lo era entonces, y jamás lo sería.
Agustín se levantó de su asiento, dejó cincuenta pesos sobre la mesa, agarró su abrigo y se fue, decidido a no volver atrás.
- Estoy embarazada.
Agustín se detuvo en el lugar, seco. Hizo una rápida cuenta mental de cuando había sido la última vez que la borrachera los había conducido a un telo. De golpe toda su estructura se vino abajo, y no pudo evitarlo.
Por una vez en la vida, ya había sido suficiente.